Le rompió la boca | Un cuento de Agustin Sidoti

Rubén se llevó la mano a la boca como si de eso dependiera mantener la mandíbula en su lugar. Bajo su palma, los labios permanecían sorprendidos. Observó la yema de sus dedos y recién ahí comprendió lo ocurrido. Miró para todos lados buscando al culpable, tomando envión.
—¡Vení para acá! —Rubén estaba enajenado.
—¡Pará loco, pará! —Chicho, atento, logró frenarlo colgándosele del cuello.
—¡Soltame, boludo! ¡Soltame te digo!
Chicho hacía todo lo contrario, aumentando su fuerza obviando el pedido de su rival mientras los compañeros de equipo llegaban para darle una mano. Rubén movía su cuello de manera desarticulada, dando latigazos con tal de zafarse.
—¡Llevátelo al Tucu! —reprochó Chicho a los suyos.
—Yo no me voy nada —retrucó el Tucu, con los brazos en jarra a unos metros del tumulto.
—¡Qué no se vaya! ¡Dejámelo! —pidió Rubén que ahora sufría también el poder de los brazos de un par de compañeros más.
—Lo tenes que echar he, vos lo viste —apartado, Manusa chamuyaba al árbitro que lo miraba de reojo, desganado.
—Hey, cállate la boca, ventajero —reprochó la Garza.
—¿”Ventajero” qué? Lo tiene que echar.
—¿Qué das órdenes? Das órdenes porque en tu casa te tienen cagando.
El árbitro, siempre mascando un chicle que por momentos parecía su propia saliva, extendió sus brazos como parando el tránsito, las manos apoyadas en el pecho de los jugadores. Al oír la charla, soltó una leve risa.
—¿De qué te reís? —Manusa le sacó violentamente la mano del pecho, como quitándose una araña que amenazaba con picarlo—.¿Sos canchero?
—Epa, epa, el tonito —se burló la Garza, mientras la amarilla era recibida por su rival.
—¿A mí me amonestas? Sos un caradura, ni te moviste de la mitad de la cancha en todo el partido. No podés seguir de cerca ni un arco a arco.
—Esto es para vos —roja en alto, el árbitro se desquitó del agravio.
—Cómo entraste, boludo —acompañó la Garza con un aplauso seco.
—Cómo entró tu señora —retrucó el expulsado.
—¿Qué decís? —La Garza se abalanzó sobre Manusa y en su camino vio la roja frente a sus ojos—. ¿A mí? Sos un ladrón, mirá como te queda la remera, parece un traje de neoprene.
—¿Te parece? —el árbitro acarició con ambas manos su barriga, como si llevara un bebé en su vientre—. ¿Muy ajustado me queda? A tu señora también.
Antes que la Garza pudiera reaccionar, el malón conformado por Rubén, Chicho a la rastra sobre sus hombros, varios cuerpos más y el Tucu retrocediendo tras la protección de un par de compañeros, lo absorbió haciéndolo parte de la masa humana. El malón había crecido como una bola de nieve en plena avalancha. Ya nadie sabía con quién se debía pelear y quién era encargado de poner paños fríos.

Ya en el vestuario, El Tucu, seguía sacando cautelosamente del botinero sus productos para la ducha. Antes que pudiera terminar de desvestirse, entró el arquero rival que se había cruzado desde el otro vestuario.
—Che Tucu rajá que Rubén está como loco. Lo tienen encerrado en el vestuario, está hecho una fiera —aconsejó el guardameta—, no estamos para quilombos.
—No jodas, yo me voy cuando quiera.
—Dale. Ya hubo mucho bardo, nos van a informar a todos y no vamos a poder venir más—se sumó Chicho al pedido.
—Me voy pero solo para no joderlos a ustedes —prefirió hacer caso sin dar vueltas, era consciente del caos que había generado.

La Garza salió de la ducha caminando como un pingüino, había olvidado las ojotas y su experiencia indicaba que pisar con toda la planta del pie era contagiarse de hongos automáticamente.
—¿Dónde está el Tucu? —preguntó sorprendido al no encontrarlo en el vestuario.
—Se fue hace un rato, si se quedaba se venía el segundo round.
—Jodeme ¿Enserio me decís?
—Sí ¿cuándo se fue?—trató de recordar Chicho—. Vino el arquero de ellos a decirnos, ah, justo cuando te fuiste a bañar.
—No llego —dijo la Garza, mientras se secaba lo más rápido que podía y se vestía a la vez haciendo imposible las dos tareas.

La Garza salió corriendo, la correa del bolso por momentos lo ahorcaba. Para su fortuna, alcanzó al Tucu cuando se estaba por subir al auto.
—¿Me vas a dejar a gamba?
—Se me pasó, te juro que se me pasó —el Tucu estaba con la mente en otra cosa.
—No pasa nada.
—Menos mal que me agarraste —el Tucu retomó la charla mientras ponía primera—, me iba. Te juro que me iba. A ver… tirate para atrás que no veo si viene un auto. Más, más.
—Me voy a hundir, boludo ¿Querés que recline el asiento?
—Y… con esa nariz. Te estaba jodiendo si acá no pasa un auto nunca —soltó una carcajada.
—Después del quilombo que armaste encima te reís.
—¿No era que me bancabas? —Tucu agradeció el paso que le cedió el taxista y emprendió el recorrido mientras acomodaba el espejo retrovisor.
—Che ¿cómo se te ocurrió?
—¿El chiste de recién? Y, con esa naríz que tenés se me ocurren un millón de chistes.
—No te hablo de eso.
—Bajá la ventanilla que ahora prendo el aire acondicionado.
—¿No será que la suba?
—No, bajala. Vos respira el aire acondicionado y yo lo que entra de afuera, si no me muero —se burló otra vez—. ¿Ves? Puedo seguir toda la tarde.
—¿Vas a seguir haciendo chistes? Todo para no hacerte cargo del quilombo. Cómo se te ocurrió lo de Rubén, digo. Justo en el medio de la boca, de lleno.
—¿Y dónde querías que se lo de?
—Es verdad, pero darle un beso en la boca…
—Si le hubiera dado un cabezazo seguiríamos ahí. Además me siento estigmatizado “¿Sos tucumano? Ah, entonces das cabezazos”.
—Y besos.
—Mayor repertorio ¿Lo hice echar o no? El beso descoloca. Y me echó mal, pésimo el árbitro ¿Dónde dice el reglamento que un beso es roja? ¿Dónde dice que un beso es una agresión? Así nos va en la vida.
El diálogo se interrumpió por un llamado que entró al celular del Tucu.
—Estoy manejando, que no rompa las bolas —le echó la culpa al celular—. Fijate quién es.
—Número desconocido… —informó la Garza—. Te deben querer vender algo.
—¿Hasta los domingos laburan? Cortá, tocá el rojo. Después me llenan el buzón de voz y no sé borrar mensajes.
El diálogo se volvió a interrumpir por un nuevo llamado al celular del Tucu.
—¡Pero será de Dios!
—Número desconocido. Igual se ve el número de quién te llama así que no debe ser una empresa.
—Debe ser equivocado. Cortá.
—Vos andas en algo raro. Ya no sé que imaginar, sorprendés siempre.
—Cortá ¿Es acá no? ¿Querés que arrime más adelante?
—No te hagas drama, bajo acá.

El Tucu arrancó y siguió rumbo a su casa. Al cabo de unas cuadras, nuevamente el mismo remitente lo llamaba. No le quedó otro remedio que atender.
—Hola… ¿Quién?… Rubén…¿vernos? Lo que pasa en la cancha, queda en la cancha. No quiero quilombos ¿A la noche? No, a la noche me quedo en mi casa, si te molestó lo del beso disculpame ¿Qué no te molestó? ¿Qué no me querés pelear? ¿Vernos? ¿En tu casa? ¿Tomar un café? No, no tengo que pensar nada. Estoy manejando, chau, chau.
El Tucu levantó la mano, pidiendo disculpas por no haber arrancado a tiempo. Puso primera mientras trataba de entender el llamado de Rubén y pensando que un cabezazo hubiera sido menos peligroso que dar un beso en la boca.

Este cuento pertenece al libro Una pelota de cuentos, que se puede conseguir en las redes sociales @unapelotadecuentos, facebook / unapelotadecuentos o mail: unapelotadecuentos@gmail.com

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